Minutos antes divagaba en el coche sobre su siguiente relato. Ahora, golpeaba sin cesar al conductor del MINI contra la acera. El otro apenas podía ver las letras tatuadas de sus dedos en su cara: LOVE en una mano, HATE en la otra. Su cara estaba cambiando de color. Nadie cruzaba la calle. El semáforo estaba en rojo. Un camino tortuoso quedaba marcado en los baldosines.

Del rostro del tipo que había tenido la pésima idea de llamar tarado a Harry Powell brotaba un pequeño reguero de sangre nutrido por afluentes que nacían en sus pómulos, su nariz y sus labios machacados. Harry, sentado en el bordillo a su lado, con las piernas encogidas y las rodillas prácticamente a la altura de la cara, fumaba un cigarrillo sonriendo y pensando que después de todo ya tenía su relato. El semáforo en verde, el fulano tocando la bocina de su ridículo cochecillo y él absorto en sus pensamientos sin atender a la señal luminosa, componían una escena que solo podía concluir con un cadáver en la acera.

Pero la vida te da sorpresas. El pobre hombre al que Harry había apaleado de manera profesional –sin pasión, ni compasión– agonizaba aún con el rostro apoyado en el suelo. Como un pez recién sacado del agua, boqueaba e hipaba tratando de introducir vida en sus pulmones atravesados por las esquirlas de sus propias costillas destrozadas. Sin embargo, sus manos y brazos estaban intactos. Los golpes de Harry se habían concentrado en la cara y el tórax de su víctima, de modo que sus extremidades se habían salvado de la paliza.

Trabajosamente, procurando no mover más músculos que los imprescindibles, introdujo la mano en un bolsillo de su americana y extrajo un revolver 38 Smith & Wesson del especial.

En un único instante, que Harry vivió como una película pasada a cámara lenta, penetraron en la mole de su cuerpo una bocanada de nicotina y alquitrán y por el lado opuesto un objeto de plomo acompañado por una explosión que reemplazó el silencio de la noche y la llenó de furia y muerte.

Del pecho de Harry afloró otro regato de sangre que acabó hermanada con la de su víctima en un charco rojo sobre el negro asfalto.

Al día siguiente, la lluvia de la mañana borró las huellas del doble homicidio y un acompasado semáforo en el East Harlem organizó el ir y venir de los coches camino del trabajo, de la escuela o de los supermercados del barrio, ajeno a la tragedia de la que en parte había sido causante.

© J. Ignacio Sendón. Alicante, 14 de octubre de 2020

PS. Este relato tiene muchos agradecimientos. El primero a mi compañero y amigo Juanjo Gandulla que me regaló el primer párrafo que constituye el arranque de todo lo demás. El segundo a Robert Mitchum por el personaje de Harry Powell en «La noche del cazador». El tercero, obviamente, a Rubén Blades por su «Pedro Navaja» del que este cuentito es una mala adaptación. Y el último a Luis Eduardo Aute por su canciónn «Rojo sobre negro»

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