Con el paso de los años, la masilla que alguna vez hilvanó el vidrio al raquítico esqueleto de peinazos que sostenía los cuarterones de la ventana, se ha resecado y resquebrajado, desprendiéndose aquí y allá como hojas de arce en otoño y ofreciendo al aire helado del exterior minúsculos resquicios por los que colarse en el cuartucho de Miguel que lo percibe como si fuera corpóreo y pudiera abrazarlo. 

El sol, gris a esa hora de la mañana –y a cualquier otra–, no consigue formar sombras en un espacio minúsculo en el que solo caben una cama, una raída alfombra, un armario de dos puertas, una mesa de noche sin cajones e infinidad de recuerdos dolorosos.

Sobre la mesilla, una foto de Miguel sosteniendo en brazos a su hija recién nacida. Ninguno de los dos sonríe. La niña porque aún no sabe, el padre porque ha olvidado cómo hacerlo tras el fallecimiento de su mujer durante el parto de Paula.

Con la parsimonia de quien no tiene negocios que atender, ni asuntos que despachar, pliega la manta rosa que pone la única nota de color en aquel espacio sin luz, ni calor y constituye una de las pocas pertenencias que le recuerdan a su esposa muerta. La coloca con delicada ternura en un estante y usa el cobertor para esconder las sábanas, de las que acaba de salir, en un intento de cubrir de dignidad su existencia.

Paula mira la manta, la acaricia, absorbe su aroma con glotonería, como quien huele una tableta de chocolate. Quiere sentir la presencia de su madre a la que no conoció, conocerla a través de las huellas de su corta vida, vivir con ella el tiempo que el tiempo le negó.

Entra en la cocina carente de ventanas y espacio. De manera automática pone en marcha el microondas, la tostadora y la cafetera. Repite los mismos movimientos de cada mañana desde que tiene memoria. Y como cada mañana, coloca sus manos sobre la tostadora para aliviar algo el frío que no le quitará el café con leche caliente. Tiene que cambiar la batería de combustible del calefactor que dejó de funcionar hace ya varias semanas.

Miguel se sienta a la mesa, mordisquea sin ganas el pan caliente al que no añade aceite, mantequilla o mermelada. No le gusta. Lo come por necesidad. Igual le habría servido cualquier otra cosa que pudiera masticarse y el cuerpo aceptara como alimento. Aferra con sus dedos la taza de café para sentir un calor que, desde las manos, llega hasta cada rincón de su cuerpo. Mira al calefactor inútil y el frío vuelve a apoderarse de sus células. Y recuerda a su mujer pidiéndole un abrazo al levantarse para poder entrar en calor. Eso hace que el frío sea aún más intenso, que se le clave en el alma.

De regreso a casa a media tarde, Paula cambia la batería del calefactor. Usa un escalpelo oxidado que se trajo del trabajo. Es una operación delicada. Delicada y prohibida. El gobierno no permite que se sustituyan partes de los electrodomésticos que fabrica y vende una única Corporación. Si embargo, esas piezas inundan el mercado negro provistas por la misma empresa que lo fabrica todo y que obtiene así pingües beneficios al deshacerse de sus productos defectuosos cobrando por ellos precios abusivos. ¡Malos tiempos para la ética!

Concluida la operación, Paula conecta el aparato que, naturalmente, solo funciona a mitad de potencia. Lo justo para desprenderse de los mitones y sentarse a terminar los informes que se ha traído del hospital. Al hacerlo, se mira las manos. Arrugadas y venosas, en otros tiempos le habrían dicho que no servían para ser cirujana. En estos ella es una de las más reputadas y pasa ocho horas al día en un quirófano. Con más suerte, piensa, que acierto.

Cansada y harta de tanta miseria abandona los informes y decide seguir con la lectura que empezó hace más de un mes y nunca encuentra momento para continuar.

Miguel, sentado al lado de Paula, la mira embelesado. No se parece en nada a su madre. Es más bien una versión femenina de él mismo. Le besa la mejilla con una suavidad que no impide que ella levante la vista de su libro y le sonría llenando la habitación de calor y dulzura. A Miguel se le escapa una lágrima y se levanta para que ella no la vea. Es lo mismo cada día. Solo se tienen el uno al otro. Y así será hasta que ella se vaya para seguir con su vida en otro lugar, con otra persona. O, quizá…

Paula es incapaz de seguir leyendo. Esa tarde todos los fantasmas de su pasado vienen a visitarla. Mira la fotografía sobre la mesilla al lado de su cama. Acaricia el rostro de papel de su padre. Recuerda las tardes de lectura a su lado y maldice el día en que, siendo aún una cría, él se murió de pena. La misma pena que ahora la mata a ella cada tarde.

© J. Ignacio Sendón. Alicante. 5 de noviembre de 2020

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