Hace días que me miro los dedos pulgares de la mano y me recuerdan a un Seat 600. No se lo había dicho a nadie, pero esta mañana, al llegar al trabajo, se lo he comentado a mis compañeros. Todos han coincidido en que a ellos les pasa lo mismo. Luis me ha dicho que a él su dedo medio le parece una limusina. A Marisa su índice le trae a la memoria el viejo 1500 de su padre de cuando ella era pequeña. Ricardo, asegura que el dedo gordo de su pie derecho es idéntico al tráiler de su cuñado, el que viaja a Alemania llevando y trayendo repuestos.

Y así, entre anécdotas, chanzas y parecidos razonables, se nos ha ido pasando la mañana como cualquier otra mañana. Y, al acabar la jornada, Margarita me ha preguntado:

–¿Has venido andando?

Yo, señalándome el pulgar derecho cubierto por una tirita, le he respondido:

–Sí. Es que tengo el coche en el taller.

Todos me han reído la gracia y la han corregido y ampliado, como suele ocurrir en estos casos. Al apagarse las risas, Margarita ha retomado el tema.

–¿Quieres que te lleve a casa?

–Si no es mucha molestia… –En realidad, lo estaba deseando, Margarita está divorciada y es un amor. Nunca me atrevo a decirle nada, pero quizá esta sea mi oportunidad.

–Iremos un poquito estrechos porque he tenido que dejarle el monovolumen a mi hijo para la mudanza. Así es que he venido en el pequeño.

Y diciendo estas palabras, ha extendido su mano. Yo me he montado entre las dos falanges de su dedo meñique. Es cierto que, debido a su tamaño, hemos tenido que apretarnos, pero yo estaba encantado. Así he podido tener cerca su larga melena rubia y he sentido su perfume a naranjas de la China.

© J. Ignacio Sendón. Alicante, 11 de agosto de 2020

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