La sala está vacía. Solo se permite la entrada a cuatro rayos de sol que atraviesan descarados la única ventana abierta a esa hora temprana. Al hacerlo, proyectan en el suelo un cuadrilátero oblicuo dividido a su vez en otras cuatro parcelas sesgadas. Sobre ellas, formando prisma con la pared, la niebla blanquecina en la que flotan mezcladas motas de polvo y de culpabilidad: los dedos de Dios.

Solo faltan unos minutos para que comience la vista, pero el público aguarda pacientemente que se les permita ocupar sus posiciones como coro en esta previsible tragedia. Un ujier hace su aparición por un lateral y se dirige hacia la entrada pública, consulta su reloj, espera, espera, espera y acaba por abrirla. Se aparta con premeditada lentitud para ofrecer un último obstáculo al acceso de curiosos y allegados y, cuando todos están sentados, carraspea para hacer valer su autoridad. Y lo consigue. Los murmullos se detienen en seco y todas las miradas se dirigen hacia la puerta situada tras el estrado por la que debe salir el juez. Pero por allí no aparece togado ni escribano. El funcionario sonríe para sus adentros. Tiene dominado el corral. Siempre es lo mismo. De un día a otro solo cambian los ingenuos que quieren contemplar de cerca el espectáculo de la justicia.

A punto de salir, el funcionario se detiene ante una armario blindado. Lo abre y extrae bolsas que deposita separadas sobre una mesa. Pasa sus dedos sobre ellas como queriendo numerarlas. Solo son tres, de modo que el recuento dura poco. Cierra el armario asegurándose antes de que está vacío. Saluda a un alguacil que acaba de entrar y hace mutis por el foro. Como cada día, siente la tentación de girarse y hacer una reverencia a los presentes. Pero hoy tampoco se atreve. Quizá su último día antes de la jubilación que ya está muy próxima.

Antes de que haga acto de presencia el actor principal, llegan abogados, acusada y acusadores. Cada cual ocupa su lugar en el decorado. Todos con la solemnidad que demanda el momento. Solo la rea se mordisquea las uñas mientras su defensor la mira inculpadoramente. Si tuviera ganas de broma, se lo imaginaría dándole un cachete a medio camino entre sus dedos y sus dientes. Pero la mujer está para pocas gracias y cachetes ya ha recibido varios. Separa las manos de su boca y las deposita, siguiendo instrucciones, cruzadas sobre su regazo.

Finalmente, y precedido por otro alguacil, hace su entrada en escena el juez. Un señor regordete, bajito y calvo que, sin la toga, podría pasar por fontanero, registrador de la propiedad o encargado de una venta en algún cruce de carreteras. Una de esas que, invariablemente, se llama “Venta El Cruce”. Sin embargo, los presentes abren la boca entusiasmados, como si se les hubiera aparecido el mismísimo Moisés cargando en sus manos las tablas de la ley.

Comienzan las diligencias, los interrogatorios, los peritajes, los “protesto” y los “no ha lugar”. El público se aburre. Más allá de la descripción de un horrible suceso que el fiscal califica de asesinato y el defensor de suicidio, no quedan sino declaraciones minuciosas hasta el sopor, relatos de indicios que no indican y testimonios que no han visto, no han oído y no dicen nada. El proceso se asemeja a un columpio en el que la acusada se balancea entre la absolución y la condena. Solo ella parece conocer la verdad y, por consejo de sus asesores legales, no está dispuesta a revelarla.

Así las cosas, y tras varias horas de idas y venidas, solo queda la declaración de tres testigos principales. Sobre la mesa en un lateral de la sala descansan los tres objetos depositados allí por el ujier guasón. Todos ellos resguardados del mundo exterior por bolsas selladas de plástico. Una camiseta, una tarjeta de memoria y un abrecartas extrañamente afilado: el arma asesina.

La camiseta tiene manchas de sudor de la acusada y de sangre de la víctima. La tarjeta de memoria es de un sistema de grabación de la vivienda de la presunta asesina que es donde perdió la vida el finado. Y, finalmente, el abrecartas es un objeto personal de la inculpada que se encontró, hundido hasta su puño, en el pecho del cadáver.

La camiseta declara que las manchas de sudor son efectivamente de su dueña y las de sangre de la víctima, pero su forma, tamaño y cantidad no coinciden con las de una salpicadura, sino con las maniobras que ella realizó en un intento de socorrer a su pareja.

La tarjeta explica en que el hombre entró en la casa nervioso y agitado y que al no ver a su amada se inquietó aún más. Colocado de espaldas a la cámara, realizó extraños movimientos fruto de los cuáles cayó al suelo con el arma homicida saliendo de su corazón. O entrando en él, este pequeño matiz no queda aclarado. La imagen no es muy buena, pero parecía estar solo.

El abrecartas aclara que en su mango están las huellas de ella porque lo usaba habitualmente para rasgar sobres, abrir nueces y hacer dibujos en la arena de su mini jardín zen. Pero en su empuñadura están también las marcas de las manos de él, su sudor, su sangre. Sin duda, él se causó a sí mismo la muerte.

El caso no da para más. Hay indicios, pero no son claros. Algunos testimonios van en un sentido, otros en el contrario. Puede que sí, pero puede que no. El juez bosteza y deja el caso visto para sentencia. Esta llega pocos días después y es absolutoria.
A la mujer, que ya no está acusada de nada, se le devuelve la libertad, la camiseta, la tarjeta y el abrecartas y con ellos regresa a su domicilio del que el conserje ha retirado las cintas policiales y en el que ha hecho una profunda limpieza.

Ya no queda rastro de sangre, manchas de tiza en el suelo o guantes usados de la policía científica. Se diría que su dueña ha estado unos días de vacaciones y que al volver cada cosa está en el sitio en que la dejó.

Pero nada más alejado de la realidad. Sobre el suelo dejó el cadáver del hombre con el que estaba teniendo una violenta discusión y en cuyo pecho asestó una puñalada mortal con una frágil, pero muy afilada, daga que solía usar como abrecartas. En el sofá quedó la camiseta que se quitó al ver las manchas de sangre que se habían proyectado desde la herida de su víctima. Entre las hojas del libro que estaba leyendo, la tarjeta que grabó toda la escena y que ella pretendía destruir cuando llegó la policía alertada por los vecinos que habían escuchado gritos, ruidos de pelea y un objeto pesado cayendo al suelo.

¿Qué había ocurrido? Todas las pruebas la señalaban a ella. Todo la acusaba sin posibilidad de error. ¿Cómo se había librado?

El abrecartas sabe la verdad. Mientras estuvo insertado en el cuerpo del muerto, recogió muestras de su sudor. Observó sus dedos. Absorbió polvo y grasa del ambiente y se las apañó para formar las huellas digitales de él sobre su mango. Además, se movió ligeramente para que el ángulo de entrada resultara ambiguo, de modo que pudiera ser fruto de una asesina torpe por inexperta o de un homicida inseguro e igualmente inexperto.

Advirtió a la camiseta y esta reestructuró sus tejidos para que, lo que eran claramente salpicaduras, se volvieran borrosos manchurrones que parecían dejados allí por un contacto fugaz con una herida sangrante.

Informó también a la tarjeta de memoria que difuminó, clonó, copió y pegó para eliminar todo rastro de la presencia de ella en la escena del crimen.

Cuando por fin se queda adormilada en el sofá, la camiseta lavada y planchada sobre la mesa de trabajo en un extremo del salón, la tarjeta en el dispositivo grabador que vigila ese rincón y el abrecartas en la escribanía, estos se dirigen una mirada cómplice. La camiseta y la tarjeta conocían de largo tiempo atrás el amor secreto que el abrecartas sentía por su dueña. Eso, unido a la amistad que suele hermanar a los objetos que pasan mucho tiempo en compañía, hizo que no les resultara incómodo prestar un falso testimonio.

En cuanto al abrecartas ¿qué podría decir? Solo una palabra define su estado de ánimo al haber ayudado a su amada a deshacerse de aquel violento rufián: orgullo.

© J. Ignacio Sendón. Alicante, 11 de noviembre de 2020

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