I

Mario está cansado. Viejo y cansado. Ha gastado su vida tratando de alcanzar el éxito sin conseguirlo. Ha perseguido la fama, el reconocimiento, la gloria. Pero nada de ello le ha llegado. Ahora, solo y sin fuerzas, se dispone a morir. Todos sus amigos le han precedido en este trance. Nunca tuvo esposa, pareja o compañera. A su único amor, su verdadero amor, la alejó sin querer, sin saber evitarlo. A ella están dedicados todos sus escritos. Y son cientos.

Probó con todos los géneros, estilos y formatos. Llamó a todas las puertas. Pero nadie se las abrió jamás. Ahora, harto de esperar una llamada que nunca llega, ha decidido poner fin a su vida de la manera menos discreta posible.

Domingo soleado. El aire huele a canela y naranja. En la distancia se escucha el tañido de una campana que no sabe que a esa hora no hay feligreses que la escuchen. La mañana avanza ignorante de que será la última de Mario. El cielo, de un azul limpísimo, parece un decorado dispuesto para la secuencia dramática que está por representarse.

Mario escribe una nota de suicidio. Es una nota escueta en la que descarga de culpas, pero acusa, a editores, jurados y críticos de no haber sabido apreciar su valía. De alguna manera también les responsabiliza del paso que está a punto de dar. Tiene un último recuerdo para su amada y se despide con un lacónico “Adiós”. Deja la nota en la almohada junto a lo que en unos minutos será su cadáver.

Sin embargo, los hados del destino no quieren que la historia de Mario acabe así. Todas las ventanas de la casa están abiertas. Un imprevisto cambio de presión atmosférica provoca una ligera corriente de aire, una brisa providencial, un soplo de los dioses. La nota de suicidio vuela por encima del cuerpo de Mario, a través de la ventana, hasta la calle. Se posa encima de un rosal, flota sobre sus espinas, se aleja sorteando un charco y se deposita dulcemente a los pies de María, jovencísima periodista que la recoge y la lee extrañada.

II

Alertada por María, la policía encuentra el cuerpo sin vida de Mario. Toma huellas, hace fotografías, busca pistas, pero la nota deja muy poco espacio para la duda. Mario ha acabado con su vida por propia voluntad. Nada que investigar. La nota es entregada al juez que acude al domicilio de Mario para atestar el suicidio. Pero María, que ha conseguido permanecer en la escena por su condición de periodista y por su colaboración en el hallazgo del cadáver, pide al funcionario que le permita, pasado un tiempo prudencial, publicar la nota en su periódico. Aunque Mario no sea un personaje público, la belleza del texto es tal que debe ser conocida por los lectores. El juez accede casi sin pensarlo, como si una conciencia superior decidiera por él. Al momento ha olvidado la solicitud, pero María, que venía preparada, tiene en su poder una autorización firmada por él. La rueda sigue girando cada vez más deprisa.

III

Tras la publicación de la nota, la crítica se deshace en elogios a la figura de Mario. La serenidad con que este se despide de la vida, la elegancia de las imágenes que el escritor usa para reconciliarse póstumamente con el oficio del que nunca pudo beneficiarse, la generosidad que rezuman sus palabras es alabada por los mismos editores que antaño rechazaron sus escritos. En muy poco tiempo, aquellos que negaron el pan y la sal a Mario rescatan los cuentos, poemas y novelas escritos por el escritor maldito. Se editan sus obras completas, sus cartas, sus comentarios, los discursos que nunca pronunció, pero se merecía pronunciar.

Mario alcanza tras su fallecimiento el reconocimiento que la vida le negó. La gloria que le rehuyó, la fama que no disfrutó. Su entrada en el parnaso le llega en el momento más inoportuno, pero le llega al fin.

Y como consecuencia, su amada sabe por fin cuánto la amó. No la consuela de su pérdida que se produjo mucho antes de su fallecimiento. Más bien le sirve para lamentar, una vez más, su cobardía, para llorar, un poco más, el tiempo que no pasó a su lado. El gran hombre que es ahora Mario no satisface las ansias de ella que solo quiere desaparecer, diluirse entre la lluvia, convertirse en viento, en silencio.

IV

En su casa, María había leído la nota que le parece mezquina e injusta. Decide que nadie merece un final así y la reescribe dándole la grandeza que encumbra a Mario y lo convierte en el gran escritor que nunca fue.

María tampoco conoce la gloria. Generosamente renuncia a ella a favor del escritor al que nunca conoció en vida, pero salvó en la muerte.

No le importa. María tiene algo más importante que la gloria. A su lado, la única persona que conoce la autoría de la elogiada nota de suicidio besa su nariz, coge su mano y se la lleva a su propio corazón. Este sencillo gesto colma las ansias de María. Las dos mujeres, cogidas de la mano, caminan buscando el horizonte, ese decorado que, por una vez, sirve para representar un final feliz.

© J. Ignacio Sendón. Alicante, 2 de abril de 2017

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