Con el rabillo del ojo, vi una mujer rodeada de maletas y supe que me causaría problemas. Aunque yo estaba a punto de entrar en el andén móvil, ella hizo una compleja maniobra que me cortó el paso y me obligó a detenerme en seco. Me adelantó y, al girar uno de los bultos que arrastraba, me golpeó con él en la pantorrilla. Dolorido, levanté la vista hacia ella esperando unas disculpas que no pronunció. Instintivamente, me llevé la mano a la sobaquera. Afortunadamente, mi Browning no estaba en su funda. Para pasar el control de seguridad de la estación debía usar la funda tobillera. Mi aspecto avejentado, las gafas de montura de pasta y el hecho de caminar lentamente y algo encorvado, hacía que los guardas de seguridad solo pasaran su detector de metal por el pecho y de manera apresurada. Habitualmente, se pueden pasar explosivos o armas pequeñas escondidas en los calcetines sin mayor problema. Normalmente, yo solo viajo con una Star que en este caso, debería haber sido suficiente. Suficiente, pero inconveniente, de modo que, resignado, entré en el andén tras ella. Suponía que, si me alejaba lo suficiente, no me crearía más problemas. Sin embargo, cuando el trayecto acabó, ella y sus maletas se detuvieron impidiéndome el paso y obligándome a empujarla, pues el andén continuaba su movimiento y me expulsaba de él. La mujer se giró enojada hacia mí y estuvo a punto de decir algo, pero yo la interrumpí:

–¡Apártese, joder!

Tampoco hizo falta que yo dijera nada más. Otros pasajeros la empujaron también y, aunque no me giré para comprobarlo, creo que alguno la tiró sobre sus propias maletas. Ya no hizo falta que sacara la Star de su funda.

Pero el día no había terminado. Y me reservaba más complicaciones. Me dirigí confiado al control de equipajes, pero, al llegar, mi seguridad se resquebrajó. Un guarda muy joven se encargaba del control de pasajeros y se estaba tomando su trabajo muy en serio usando su detector portátil para hacer un cacheo virtual completo a cada viajero. Si me lo hacía a mí, saltaría la alarma por la Star del tobillo izquierdo y el pequeño, pero afilado, puñal del derecho. No supe reaccionar, ya estaba en la cola, necesitaba subirme a ese tren. Solo se me ocurrió caminar con algo más de parsimonia y encorvarme otro poco más. Me llegó el turno, metí mi escaso equipaje en el escáner y el guarda me hizo un gesto conminándome a avanzar hacia él. Definitivamente estaba perdido. Pero, súbitamente, un estruendo llamó la atención del guarda y de todos nosotros. La señora cargada de maletas las había metido todas juntas en la cinta transportadora y había atascado el escáner. Nervioso el guarda volvió a hacerme un gesto imperativo, pero esta vez, indicándome que continuará mi camino hacia la zona de embarque. Le obedecí aliviado y no me volví para saber qué había ocurrido con la torpe mujer y su inmenso equipaje. Sin embargo, en mi fuero interno, le agradecí su oportuna intervención.

Una vez me hube acomodado en mi asiento, saqué de mi mochila la tableta y los auriculares para escuchar el archivo de audio con mis instrucciones. Un tipo estaría esperándome en la sala VIP de mi estación de destino. Se suponía que yo debía entregarle un sobre con información sobre el prototipo en el que estaba trabajando su competencia, pero, en lugar de eso, debía colocarle un pequeño proyectil de plomo entre ceja y ceja. Un generoso obsequio de la competencia a la que él esperaba poder copiar. Un empleado de la estación tenía la instrucción de no dejar pasar a nadie que no fuéramos nosotros dos. Todo sería tan sencillo como entrar y salir.

Esperé a que los pasajeros a mi alrededor estuvieran enfrascados en la lectura o dormidos para abrir el archivo de imágenes de mi víctima, pero, antes de poder hacerlo, escuché un alboroto a mis espaldas. Me volví temiéndome lo peor y lo peor se hizo realidad. La señora de las maletas estaba intentando entrar con una de ellas por el pasillo de mi vagón. Al hacerlo tropezaba con los asientos, con otros viajeros y hasta consigo misma. Pero el desastre aún podía ir a más. La señora se detuvo a mi lado, consultó su billete y miró el número del asiento contiguo al mío y, como yo había temido, resultó ser el suyo. En parte agradecido por su fortuita intervención en la estación, en parte temeroso de que me fuera a tirar la maleta encima, me ofrecí a subírsela al portaequipajes. Al principio, dado mi aspecto de anciano venerable, se negó, pero ante mi insistencia, no tuvo más remedio que aceptar. La maleta era enorme, pero apenas pesaba. Casi parecía vacía. Me ofrecí a subirle un pequeño neceser que llevaba consigo pero ella no quiso. Me dijo que prefería tenerlo encima.

–Contiene algunas cosillas de valor ¿sabe? Prefiero que estén de mi mano.

Supuse que no me recordaba como el viajero que esa misma mañana la había empujado. Al fin y al cabo, no había sido el único. No tenía por qué recordar a todos los que se habían cruzado en su camino y la habían agredido o insultado. La diferencia era que yo podría haberla asesinado sin el menor remordimiento. Después de todo, ese es mi oficio, deshacerme de individuos molestos. Normalmente para un cliente, pero, en ocasiones, también para mí.

El caso es que, finalmente, la mujer se sentó a mi lado y me impidió consultar las fotos de mi encargo. No solo hubiera sido indiscreto por mi parte revisar, delante de una posible testigo, las fotos de una persona que aparecería muerta unas horas después. Es que, además, no dejó de hablar desde que se sentó. No necesariamente conmigo. Tampoco sola. Simplemente parecía disfrutar leyendo cualquier aviso en voz alta. Así, nos informó a todos los viajeros de la hora en varias ocasiones, añadiendo el dato de los minutos que faltaban hasta la salida del tren. Leyó las estaciones con parada hasta nuestro destino final. Se empeñó en llamar “pájaro” al AVE y en anunciar las salidas y llegadas de otros “pájaros” de las vías contiguas. Me puse nuevamente los auriculares sin tener nada que escuchar, solo para no oírla. Decidí esperar a que se durmiera. Todo el mundo acaba durmiendo en los trenes. Y mi acompañante no iba a ser una excepción. Pero cuando entró en la etapa de sueño profundo, cuando sus ronquidos eran más estrepitosos, acabó recostada sobre mi costado. No sobre mi hombro o mi brazo. No. Todo su cuerpo se apoyó en mi flanco derecho impidiéndome moverme y, por tanto, manejar mi tableta.

Me resigné pensando que el trayecto era corto y que, si todo funcionaba según lo previsto, no habría nadie más en la sala VIP, de modo que sería muy sencillo reconocer a mi objetivo. Así pues, traté yo mismo de conciliar el sueño en el escaso tiempo que me quedaba de viaje. Fue imposible. Los ronquidos de mi compañera resultaban atronadores. Me estaba poniendo nervioso. Y eso es lo peor que le puede ocurrir a un asesino profesional. Traté de tranquilizarme observando el gracioso deambular de los pasajeros que se dirigían a los aseos o al vagón cafetería. Tratando de seguir una trayectoria rectilínea y mantener la vertical, se bamboleaban de lado a lado del pasillo, aceleraban su paso hasta casi correr y se agarraban a cualquier asidero que pudieran encontrar, incluyendo brazos, hombros y cabezas de pasajeros.

De pronto, el neceser de mi compañera cayó de manera providencial al suelo, despertándola y liberándome de la presa. Me froté vigorosamente el brazo para despertarlo a él también y me incorporé ligeramente decidido a ir al aseo. Pero ella se me adelantó.

–¿Puede sujetarme esto mientras me arreglo un poco? –Me dijo mientras me tendía el neceser.

Lo cogí sin decir una palabra y pensando en los motivos que podría tener aquella mujer para confiar en mí después de decirme que el maletín contenía objetos de valor. Lo cierto es que no podía tener ninguno. Sin embargo, cuando volvió no hizo intento alguno de comprobar que todo estaba tal cual me lo entregó. Así era, por supuesto, pero ella no tenía por qué saberlo. Simplemente lo cogió y lo refugió en su regazo después de darme las gracias. Al entregárselo, pensé en lo sorprendente que resultaba el considerable peso del estuche; sobre todo en comparación con el casi nulo del maletón que le había subido a la rejilla sobre el asiento.

Y así llegamos, por fin, a mi estación que, cómo no, resultó ser también la suya. Le bajé la maleta y la coloqué en el pasillo para evitar que me golpeara con ella al dejarla en el suelo. Lo mismo dio, me golpeó con el neceser cuando se giró para enfilar la salida del vagón. Y, teniendo en cuenta la consistencia de este, hubiera preferido que me cayera la maleta entera sobre la cabeza.

La dejé apearse y esperé aún unos minutos para asegurarme de no volver a encontrármela. Esperé hasta que no quedó nadie en mi vagón pero, antes de salir, vi un papel en el suelo, bajo mi asiento. Lo recogí por si fuera algo que se hubiera caído de mi mochila, pero no era más que un recibo. Iba a arrugarlo y tirarlo a la papelera más cercana cuando sentí un arrebato de curiosidad. Se trataba del tique de una compra de maletas. Era de ese mismo día y de una tienda de la estación de la que habíamos salido. Inmediatamente comprendí que se le había salido del neceser a mi compañera cuando este cayó. Y comprendí también que la maleta apenas pesaba porque estaba vacía y lo estaba porque era recién comprada. ¿Por qué compraría alguien una maleta en una ciudad para llevarla vacía a otra? ¿Quizá porque iba de compras a esa ciudad y esperaba traerla llena de vuelta? Me pareció una explicación suficientemente razonable como para no tener que buscar otra y lo deje ir. Bajé del tren y me dirigí a la sala VIP a cumplir mi cometido. Me sorprendió que en la entrada no hubiera ningún empleado, pero abrí la puerta y allí solo había un hombre mirándome fijamente y sonriéndome de manera educada. No obstante, tuve el pálpito de que algo no iba cómo debía. Es cierto que el empleado que debía vigilar la entrada podría haberse ausentado brevemente, pero son esos pequeños cambios de guion los que convierten una comedia en una tragedia. De todos modos, ya estaba dentro. Echarme atrás podría resultar sospechoso y tener consecuencias negativas para mi misión y para mí, de modo que me acerqué hacia el hombre que me esperaba sentado y le dije las palabras convenidas.

–Bonito día para viajar ¿verdad? ¿Va usted muy lejos?

No respondió, pero dijo:

–Creo que tiene usted algo para mí.

Yo tampoco respondí, simplemente le tendí un sobre que extraje de la mochila y me senté. Aproveché que miraba los documentos para sacar la Star de su funda y colocarme frente a él. Quité el seguro del arma, la monté y cuando ya estaba dispuesto a descerrajar un par de tiros en la cabeza de mi interlocutor, sentí un golpe seco y contundente en la mía.

Cuando me desperté, vi en el suelo, junto a mí, el neceser de la mujer de la maleta. Levanté la vista y la vi a ella, sonriéndome y mostrándome una placa de inspectora de policía. Volví a desmayarme y aparecí en esta celda de dos por cuatro.

© J. Ignacio Sendón. Málaga, Alicante 27-31 de diciembre de 2019