A Diego Escolano.

Cada noche, mientras me llega el sueño, me imagino consiguiendo la exclusiva que lo cambiará todo. Obtendré el Ortega y Gasset y se me abrirán las puertas del diario de tirada nacional donde siempre deseé trabajar. Entretanto, cubro la información local en un periódico de provincias. Eso incluye asistir a los plenos, perseguir a los concejales intentando arrancarles migajas de información que me distingan de los otros redactores, visitar los barrios, los parques y los hospitales. En resumen, tomarle el pulso a una ciudad enferma.

Hoy recibo una extraña llamada. Desde una residencia de ancianos, un interno quiere hablar conmigo. No me explica el motivo, únicamente insiste en que es importante. Al principio solo pienso en no negarme a lo que probablemente sea la última voluntad de quien, además de la mía, solo espera ya la visita de la Parca. Sin embargo, al preguntarle sus datos, el corazón comienza a latirme del revés. No puede ser coincidencia que quiera verme alguien cuyo nombre coincide con el del fotógrafo español compañero de Capa cuando retrató la “muerte de un miliciano”. Y no lo es. Todas mis dudas se disipan cuando él expresa su deseo de enseñarme unas fotos.

Mi exclusiva parece estar llamando a la puerta y podría, además, ser el germen de una crónica del siglo XX narrada por sus protagonistas. Mi imaginación vuela, pero no es ambición la causa del arrebol de mis mejillas y mi pulso acelerado. Es la emoción por conocer a un auténtico testigo del capítulo más negro en la Historia reciente de este país.

Cuando llego al asilo, me encuentro con una persona que supera el siglo de edad. No había caído en que, si acompañó al fotógrafo norteamericano en 1936, no podría tener menos de cien años. Sin embargo, aunque sus movimientos son lentos y su voz resulta en ocasiones imperceptible, mantiene una lucidez envidiable. Tras los saludos iniciales, me lleva a una galería soleada y silenciosa en la que ambos ocupamos los dos asientos de un pequeño canapé. Sin esperar pregunta alguna, comienza a hablar:

“Verá joven, posiblemente a usted le gustaría oír de mis labios historias de la guerra. He hablado con otros periodistas antes y todos pensaban que aquello debió ser excitante. No es verdad. Voy a confesarle algo: yo viví la contienda a través del visor de mi Leica III para no sentir el pánico de mirar directamente. No quería estar allí, pero ya sabe cómo eran las cosas en aquel tiempo: tenías que hacer lo que tenías que hacer. Yo fui descartado para el servicio porque alguien pensó: “este chico nos será más útil como fotógrafo”. Solo tenía diecisiete años y estaba muerto de miedo. Me dieron la oportunidad de esconderme tras una cámara y la aproveché. Literalmente. De ese modo obtuve algunas de mis mejores imágenes. Siempre estaba preparado. Y es que cada cosa que veía era una fotografía para mí. Así todo fue un poco menos cruel, sabe. La sangre, el dolor, la muerte, los veía en gris. Y oculto detrás del objetivo no se oían los gritos, los disparos, las explosiones. La guerra no tiene nada de excitante. No es más que horror y muerte. Los que las dirigen desde los despachos no tienen ni idea. O si la tienen, no les importa.  Esto es lo que quería contarle. Le habrán dicho que yo estuve con Robert en Espejo y ahora usted querrá saber si la imagen es auténtica o si fue preparada. No soy yo quien debe decirlo y no lo haré.

>>Al caer Madrid, me vi dando tumbos por Europa y acabé en el frente oriental en el verano del 41. No sabía hacer otra cosa. Pero no solo hubo guerra en mi vida. Quizá no sepa que en 1950 estuve con otro Robert y volví a ser testigo de una fotografía mítica. Ya lo habrá adivinado usted. Le hablo de El beso de Robert Doisneau. En esa época ya no me daba miedo la muerte, sino la vida. Y la seguía viendo pasar filtrada por lo que se colaba por las lentes de mi cámara. Yo era un español exiliado en París y sobrevivía retratando turistas. No conocía a Doisneau, aunque me lo presentaron tiempo después. Ese día los dos merodeábamos por el ayuntamiento de París. Él hizo la fotografía que lo inmortalizó y yo hice esta. ¿Lo ve? Ahí sale la misma pareja besándose. Se les ve de refilón por detrás de Doisneau. No tendría ningún valor si él no hubiera hecho la suya, pero ahora es un documento excepcional, ¿no cree? Se la regalo. No olvide mencionar al autor. Es el legado de un hombre que vivió la vida observándola por el visor de una cámara.”

La conversación se alarga casi dos horas más. Al final, noto su fatiga y le miento diciendo que debo irme. Antes de despedirnos, me regala una enorme colección de fotografías. Yo le prometo volver a visitarlo la semana próxima, pero no puedo cumplir mi palabra. Esa misma noche fallece plácidamente en su cama. Ya no le quedaba ningún asunto pendiente.

Al llegar a la redacción, reviso las fotografías que me ha regalado. Todas son bellísimas miradas a un tiempo que, por fortuna, ya pasó. Pero una de ellas es mucho más. Aunque él no quiso decírmelo, hizo algo mucho mejor. La verdad sobre la foto más famosa de la guerra civil española se revela al observar la que un muchacho de diecisiete años hizo de su admirado Robert Capa.

Y así comprendo que su última voluntad fue regalarme una exclusiva.

El beso - Robert Doisneau

© J. Ignacio Sendón. 19 de febrero de 2021

De nuevo, el texto anterior es un ejercicio. En esta ocasión se trataba de elegir uno de los caracteres de «El testigo oidor. 50 caracteres» de Elías Canetti y escribir un cuento con uno de ellos. Yo elegí «El ciego» que retrata a ese tipo de personas que salen de su casa y no ven nada, solo lo fotografían. Y luego se empeñan en enseñarle las fotos a todos sus conocidos.

Yo quise darle una vuelta y construir un relato mucho más tierno. Hay muchos motivos para llevar una cámara colgada al hombro cuando salimos de casa. Y muchos disfrutamos viendo las fotos que han hecho otras personas. De esa idea nace la historia este fotógrafo ficticio compañero de Robert Capa y Robert Doisneau.

Creo que este relato se merecía ir acompañado de las fotografías que son sus protagonistas. Sirva como homenaje a esos dos grandes fotógrafos y a todos aquellos que nos muestran la realidad a través de su propia mirada.

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