No sé otros, pero el nuestro es un país de extremos irreconciliables. O quizá, más que de extremos, de alternativas excluyente y excluidoras. Muchas veces, mis alumnos me han preguntado si soy del Madrid o del Barça, como si no pudiera ser el Betis, del Alcoyano, o, como en realidad sucede, de ninguno de ellos.

Y eso mismo sucede con la política, la música, Apple o Android, etc. Hay cosas que son perfectas y todo lo demás es horrible. Pero hay una en la que no parece haber discusión: Lo natural es bueno. Lo artificial es malo.

Me temo que eso parte de una concepción disneyliana de la naturaleza. Cuando hablamos de naturaleza, siempre pensamos en bosques, lagos, ríos, ciervos correteando. Nadie piensa en ratas, cucarachas o… COVID-19.

Pero la naturaleza también son esas cosas que nos dan tanto asco, miedo o pavor. La naturaleza es un conjunto de especies en lucha continua para sobrevivir. La imagen de una leona cuidando de su cría es enternecedora:

Pero esa misma leona es una asesina de gacelas. Gráciles y bellas gacelas que son cazadas sin compasión por la mismísima leona o por una muy parecida, pero que nos ofrece un rostro bastante diferente:

Los seres humanos, que se suelen creer el centro del Universo porque para eso nos creo así Dios, pensamos que todo en la Naturaleza ha sido puesto ahí para nuestro gozo y deleite. Nada más lejos de la realidad. Nosotros no somos más que otra pieza en el engranaje. Y, por cierto, ese engranaje seguiría funcionando perfectamente sin nosotros. Funcionaría de otra manera, pero funcionaría. La Naturaleza no nos echaría de menos.

Por eso, deberíamos dejar de intentar salvar el planeta. Entiéndame, no me refiero a contaminar todos lo que queramos y usar todos los plásticos que podamos para después tirarlos al mar, a los ríos o en el coto de Doñana. Me refiero a que a lo que hay que salvar es a la Humanidad. El planeta se salva solo. En Marte, Jupiter o Venus no hay bosques, no hay leonas ni gacelas, pero siguen siendo planetas. Si nosotros contaminamos el mar, el aire o el suelo, no es el planeta el que sufre. Somos nosotros. Por eso, dejémonos de memeces. No hagamos nada por salvar el planeta. Hagámoslo por salvarnos nosotros. Porque nosotros necesitamos agua limpia, aire limpio y tierras limpias.

Y necesitamos usar a la Naturaleza en nuestro beneficio. No a nuestro antojo, como hemos venido haciendo, pero sí en nuestro beneficio. Y, para eso, debemos rechazar muchísimas cosas de las que nos «ofrece» la Naturaleza y abrazar otras que se preparan en laboratorios fruto del ingenio humano.

Y, precisamente el SARS-CoV-2, causante de la pandemia del COVID-19 es un excelente ejemplo. Muchos hay ya que piensan que se trata de un virus creado en laboratorios para menguar la población anciana, para controlar a los ciudadanos o para darle un vuelco a la economía. Pero todo parece indicar que se trata de un virus que afectaba a los animales y se las «apañó» para pasar a los seres humanos.

Así es que es un virus totalmente natural. En cambio, muchos laboratorios en todo el mundo se afanan en buscar una vacuna, artificial, para prevenir los contagios: Artificial 1-Natural 0

Pero es que no se trata de una competición, deberíamos aceptar que algunas de las cosas que vienen de la Naturaleza nos resultan convenientes, y otras pueden resultar perjudiciales, peligrosas o incluso mortales. Y que lo mismo ocurre con las que se sintetizan en los laboratorios humanos. Los edulcorantes artificiales, a pesar de algunos problemas puntuales y menores si no se abusa de ellos, parecen menos peligrosos que el azúcar, y no solo que el blanco refinado. Da igual que sea moreno, de caña o miel. Todos pueden provocar caries y diabetes.

¿Quieres una conspiración? Búscala en las agencias publicitarias que comenzaron a usar el concepto «natural» como gancho para vendernos una vida sana y auténtica; obviando que lo natural está tan plagado de compuestos químicos, unos buenos y otros no, como puede estarlo un cigarillo

De modo que, deberíamos dejar de usar el término natural como sinónimo de bueno o saludable. Deberíamos dejar de intentar salvar el planeta (que se salva solo) y comenzar a salvarnos nosotros. Haciendo lo mismo que nos dicen que hagamos para salvar al planeta, pero siendo conscientes de que los que estamos en peligro somos nosotros, no la Tierra que nos sobrevivirá una barbaridad de tiempo una vez nosotros nos hayamos extinguido.

Si comenzamos a llamar a las cosas por su nombre, quizá haya más personas dispuestas a hacer los esfuerzos necesarios para sobrevivir unos cuantos años más.

Y, si comenzamos a llamar a las cosas por su nombre, quizá mucha gente deje de consumir porquerías pensando que son buenas porque son naturales.

PS. La canción que acompaña a este texto es Pare (padre) de Joan Manuel Serrat, del álbum Per al meu amic (Para mi amigo) publicado en 1973 y cuya letra, traducida al castellano, dice más o menos así

Padre, dígame qué le han hecho al río que ya no canta.

Se desliza como un barbo muerto bajo un palmo de espuma blanca.

Padre, el río ya no es el río. Padre, antes de que llegue el verano, esconda todo lo que conserva vida.

Padre, dígame qué le han hecho al bosque que ya no tiene árboles.

En invierno no tendremos fuego ni en verano lugar donde detenernos.

Padre, el bosque ya no es el bosque. Padre, antes de que oscurezca, llene de vida la despensa.

Sin leña y sin peces, habrá que quemar la barca, labrar el trigo entre ruinas y cerrar con tres candados la casa.

Y decía usted, padre, si no hay pinos, no se harán piñones, ni gusanos, ni pájaros.

Padre, donde no hay flores, no habrá abejas, ni cera ni miel.

Padre, que el campo ya no es el campo.

Padre, mañana del cielo lloverá sangre, el viento lo canta llorando.

Padre, ya están aquí, monstruos de carne con ojos de hierro.

Padre, no, no tenga miedo. Dígales que no que yo es espero.

Padre, que están matando la tierra. Padre, deje de llorar que nos han declarado la guerra.