La primera vez que vio un pájaro posarse en el alféizar de la ventana, sintió algo nuevo y poderoso. Quiso convertirse en aquel gorrión. Envidió su libertad. Ansió volar junto a él. Lo amó.

Mucho tiempo después, convertido ya en ornitólogo respetado, consiguió hacer realidad un deseo largamente acariciado. Se apartó de la civilización y se fue a vivir con quienes consideraba sus iguales. Adquirió lo que antaño había sido refugio para peregrinos del Camino Primitivo, y ahora pervivía como la única construcción en pie en una aldea abandonada del bosque de Carballido, en la comarca de A Fonsagrada, y transformó el vivac en su nuevo hogar.

Hoy, privado por voluntad propia de cualquier vínculo con la especie humana, salvo el imprescindible para asegurar una subsistencia frugal, pasa los días estudiando rapaces, pájaros y ánades. Pero su interés va mucho más allá de las ceremonias de apareamiento o rutas migratorias. Sobre esos temas ya hay cientos de manuales escritos en todos los idiomas posibles. Alguno, incluso, firmado por él. No. El trabajo que le ocupa casi por completo solo podría describirse como ornitología sociológica. Es testigo de las relaciones establecidas entre los miembros de la bandada, el reparto de roles, la protección de los más débiles. Y conforme avanza en esa investigación, empieza a ser percibido por las aves como una presencia amistosa, lo que les permite acercarse a él cada vez con más desvergüenza y aceptar comer de su mano. Incluso las águilas, reinas del cielo lucense, o los orgullosos milanos acaban reconociendo en él un aliado, y no una amenaza.

En los días más calurosos del verano, se desnuda en un claro del bosque y permite que carpinteros, pinzones o golondrinas se le posen en los hombros o los brazos. Carente de habilidades sociales, el contacto silente con las aves determina su pertenencia al grupo y le proporciona una identidad. No es tan ingenuo como para creer que mudará en alcotán, pero, como un cachorro humano buscando la aprobación de los miembros más populares de la manada, se siente recompensado por la cercanía de sus amadas aves.

Garantizada la estabilidad económica por los artículos que escribe para prestigiosas revistas especializadas, la vida se limita para él a estos momentos de comunión con la madre naturaleza. Cada día, recorre el bosque con la misma despreocupación con la que usted y yo transitamos las calles de nuestra ciudad, y le da las gracias por la paz, la quietud, el silencio.

Pero hoy se produce lo inesperado que lo devuelve a su realidad atávica. Un ruido ensordecedor, seguido de varios estampidos más, pone sobre aviso a la bandada cuyo vuelo oscurece el cielo como una nube negra presagiando tormenta. Tras los truenos, una algarabía de risas y conversaciones estruendosas le devuelven la comprensión. Al bosque ha llegado una banda de criminales cazadores. Con la agilidad del ciervo, alcanza un peñasco desde el que puede observar sin ser observado. Los humanos son indiscretos. No conciben la necesidad de ocultarse. Investidos de una falsa superioridad, se piensan a salvo, invulnerables. Por eso, no le cuesta nada descubrir su emplazamiento. Solo son un puñado de ejemplares decrépitos de la más débil de las criaturas que pueblan el planeta. La menos preparada para sobrevivir fuera de su hábitat.

Enfrascado como está en el avistamiento de la cuadrilla de depredadores no advierte la presencia a su lado de varios ejemplares de las más poderosas rapaces del bosque. Miran en la misma dirección que él, parecen esperar una señal, una instrucción. Al apercibirse de ello, se decide. Están muy cerca del grupo. A la velocidad del halcón peregrino, llega hasta los asesinos, se abalanza sobre uno de ellos y a dentelladas le destroza la yugular mientras el resto de su ejército hace lo propio con los demás invasores. En un instante, el banquete está servido para los buitres leonados que no tardarán en aparecer.

Después, la paz vuelve al bosque.

© J. Ignacio Sendón. 14 de febrero de 2021

El texto anterior, es un ejercicio para un curso de escritura creativa. Y creo que precisa de una aclaración. Se trata de un texto sarcástico. El protagonista, tal como yo lo concibo, además de un asesino, es un tullido emocional. Sin embargo, algunas personas, al leer este cuento, han creído ver en el narrador una cierta empatía por él. Debo decirlo claro: Ninguna empatía. Al contrario, rechazo. desprecio, mofa. Pero, déjenme que les explique.

Jöns Jacob Berzelius es considerado como uno de los fundadores de la Química Moderna. Él desarrolló la hipótesis del vitalismo que viene a decir que los compuestos orgánicos (aquellos que están basados en los enlaces del carbono) solo pueden ser sintetizados en los seres vivos ya que precisan de una fuerza vital que únicamente estos poseen. Si se paran a pensar, esta es una idea bastante mística que hoy en día nadie acepta. ¿O sí? La cuestión es que en 1828, Friedrich Wöhler, un químico rebelde, según su maestro Berzelius, logró sintetizar oxalato de amonio, y más tarde urea, en un laboratorio. ¿Qué tienen de particular el oxalato de amonio y la urea? Pues que son compuestos orgánicos que, según la hipótesis vitalista, solo podían obtenerse en seres vivos. Es decir, Wöhler destrozó el vitalismo. Después de él se han sintetizado millones de compuestos orgánicos en todo el mundo. En particular, el químico español Severo Ochoa recibió el premio nobel de Química por sintetizar, por primera vez, una molécula de ARN. Hoy en día no existe ningún compuesto orgánico presente en ningún ser vivo que no sea susceptible de ser sintetizado en un laboratorio. Quizá haya dificultades termodinámicas o cinéticas. Quizá no sea rentable su síntesis. Quizá no merezca la pena. Pero, imposibilidad teórica no hay ninguna.

¿A qué viene esto? Pues a que aunque parezca mentira, todavía existen defensores de la teoría del vitalismo. Quizá usted sea uno de ellos. ¿Es de los que piensa que lo natural siempre es mejor? ¿Cree que estamos haciendo daño a la madre naturaleza? Entonces, cree usted en el vitalismo, quizá sin saberlo.

Cuando pensamos en la naturaleza, solemos pensar en bosques, ciervos, gacelas, águilas, linces… Pues déjeme que le diga una cosa. La naturaleza también son ratas, mosquitos tigre, cucarachas, ortigas, amanitas faloides, termitas, avispas, garrapatas, pulgas, SARS-CoV-2… ¿La naturaleza nos protege? Nada de eso. La naturaleza no es más que un montón de especies que se asesinan las unas a las otras y de esa manera tratan de mantener el equilibrio ecológico. ¿Le gustan las gacelas? Pues no le gustarán los leones. ¿Le gustan las águilas reales? Pues sepa que entre otras aves, devoran palomas. Y así debe ser. 

El ser humano, de naturaleza omnívora, se ha destacado como un magnífico depredador. Y también, lamentablemente, como un depredador cruel que mata por placer. Desplazamos a nuestra conveniencia el equilibrio natural. Lo hacemos desde el Neolítico, cuando inventamos la agricultura y la ganadería. Y hasta ahora nos estaba yendo bien. Pero hemos empezado a matar a la gallina de los huevos de oro. Estamos desplazando el equilibrio de manera insostenible. Es necesario rectificar nuestros errores. ¿Dando marcha atrás? Nada de eso. Dando marcha adelante, pero en otra dirección. ¿Para salvar el planeta? En absoluto. Para salvarnos nosotros. El planeta nos sobrevivirá cuando nosotros nos hayamos extinguido, que nos extinguiremos. O quizá tengamos la inteligencia suficiente como para continuar nuestra historia en otro planeta. La naturaleza se equilibra sola. En un equilibrio diferente del actual, pero un equilibrio al fin. No necesita protección. Somos nosotros los que la necesitamos. Si queremos seguir respirando en esta vieja roca que llamamos la Tierra, tendremos que contaminar lo mínimo imprescindible, tendremos que repoblar los bosques, tendremos que sanear los océanos.

Pero se equivocan los que piensan que debemos hacerlo por la naturaleza. Es un error de base y un error estratégico. Lo es de base porque la naturaleza ni nos protege ni nos necesita. Si tiene que prescindir de nosotros, lo hará y alcanzará un equilibrio distinto con especies diferentes. Y lo es estratégico porque mientras pensemos que es la naturaleza la que está en peligro habrá millones de seres humanos a los que no les importe. Solo cuando comprendan que somos nosotros los que podemos desaparecer podrán, quizá, reaccionar.

Por eso, mi personaje y su comunión con la madre naturaleza, es una caricatura de lo que no nos podemos permitir. Necesitamos Ciencia, no magia. Conocimiento, no misticismo. Ecología, no ecologismo. (Alguien dijo una vez que el ecologismo se parece tanto a la Ecología, como el socialismo a la sociología). Al menos, no a esos ecologistas del primer mundo que ignoran realidades como que la Humanidad tiene muchos más miembros que los burgueses que compran en supermercados ecológicos, o que los cultivos transgénicos pueden salvar vidas en países en los que una alimentación variada es impensable o que usan teléfonos móviles sin preguntarse de dónde sale el tántalo usado en su fabricación o que creen que las energías solar o eólica no contaminan.

Necesitamos raciocinio, no sentimentalismo barato. El protagonista de mi cuento jamás podría ser feliz en el bosque. Porque la realidad que yo he descrito no existe. Los seres vivos no están en paz. ¿Halcones conviviendo con golondrinas? Puede, pero solo antes de que aquellos se las coman. Así es la naturaleza. No se engañe.

© J. Ignacio Sendón. 17 de febrero de 2021

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