A la memoria de Antón Chéjov

I

¿Cómo me ven los demás? ¿Seré como la figura plana y sin vida que me devuelve esta tabla de metal y vidrio? Para ellos ¿soy diferente de la niebla de la mañana? Al ver esta mano ¿comprenderán que es capaz de acariciar? ¿Sabrán distinguir si sirve para aflorar el alma de una sinfonía en las notas arrancadas a un violín o si por el contrario están hechas para estrangular, asfixiar o apuñalar? ¿Quién soy yo? ¿Qué soy para ellos?

Sé que ella no me ve. Si nuestros cuerpos se rozan, yo solo soy una pared, un obstáculo. Si nuestras miradas se cruzan, la suya me atraviesa como si fuera de cristal. Si le hablo, solo escucha ruido saliendo de mi boca. Esa misma boca que, sin embargo, un día besó. Fue un beso infantil, sí, pero no fue inocente. Ella sabía lo que hacía y yo lo que hubiera querido hacer. A mí aún me queman los labios cuando miro los suyos, rojos y abiertos como amapolas ensangrentadas.

Ella no me recuerda. Su vida sería idéntica a como es ahora si yo no existiera. La mía solo tiene sentido si la veo cada mañana.

II

No para de hablar. No entiende mi mueca muda pidiéndole que se calle. Vuelta, una y otra vez, a lo de ir esta noche al casino. No sé por qué, pero no quiero que mi vecino lo sepa. Me mira de una manera extraña. No es como si me desnudara con los ojos, más bien parece querer algo de mí. Pero ¿qué? No seré yo quien se lo pregunté. Y mientras tanto ¿no podríamos esperar a salir del ascensor para hablar de nuestros planes para esta noche? Anda, bonita, cállate un poco.

–Entonces ¿qué?

–Que sí, pesada. Iremos al maldito casino.

–¿Es que no te apetece? Estos días parecías muy ilusionada.

–Y lo estoy. Pero no quería que se enterara mi vecino.

–¿Por qué?

–¡Qué sé yo! Tengo un mal presentimiento. Me mira de una manera rara. Intensa. Me da miedo.

–¡Vamos, vamos! Eso es que está enamorado de ti.

Y mientras dice eso me soba el culo. Sabe que no me gusta, por eso lo hace a la primera oportunidad que tiene. A ver si va a ser ella la que está loquita por mí. O por mi culo.

Pero no. No es que esté enamorado de mí. Es como si sintiera rabia y tristeza a la vez. Su rabia me da miedo, su tristeza… No es que me dé igual, pero ¿qué puedo hacer yo? Si quiere algo que lo diga ¿no? Le daría calabazas, seguro, pero, al menos sabría a qué atenerme. O quizá estaría bien que me acariciara el culo una mano diferente. ¡Qué sé yo!

III

He escuchado a su amiga decir que esta noche irán al casino. Podría ir yo también. Nuestros encuentros en el ascensor no son casuales, aunque sí esperados. Es nuestra rutina. Provocada por mí, pero eso no importa. Ella sabe que cuando se abra la puerta al pasar por mi piso, seré yo el que entre. Lo único que tiene que hacer es saludarme educadamente y seguir hablando con su amiga. En cambio, en un ambiente distinto quizá todo podría cambiar. Nos sorprenderíamos por habernos encontrado en un lugar que no es el ascensor o el portal. Hablaríamos, quizá de nuestros recuerdos, de nuestra infancia: “¿No me recuerdas? Tú y tus amigas me llamabais “El negro” porque yo era muy moreno. Aún lo soy, claro. Pero ya nadie usa ese apodo conmigo. Al menos no a la cara.”

No. No puedo comenzar una conversación con reproches. Pero, es que no es un reproche. En sus labios, mi mote sonaba a música. Daría lo que fuera por volver a escucharla llamándome “negro”. En realidad, daría todo lo que tengo porque ella me llamara de alguna manera.

Aquella tarde, ella tiró de mi mano y me arrastró hasta un portal entreabierto. Nos metimos dentro y, con una urgencia que yo no había conocido, estrelló sus labios contra los míos. No sé cuánto tiempo estuvimos así, apretujados los cuerpos, apretujados los labios, sin poder respirar. Yo no sabía besar. Y sospecho que ella tampoco. Aún no habíamos aprendido esa esgrima húmeda de las lenguas. Todo lo que sabíamos, lo habíamos visto en películas de sesión continua. Y en aquellos tiempos en blanco y negro, los actores y las actrices solo hacían lo que nosotros estábamos imitando: apretujarse y no respirar.

¿Querrá ella perder la respiración por mí?

IV

¿Se puede estar más guapa? ¡Lo dudo! El tiempo no me ha tratado mal. Y este vestido tan tan rojo y tan ceñido acabará por excitarme a mí misma. Si hago este movimiento, este giro de cintura, así, como para buscar a alguien a mi espalda, todo se coloca en el lugar adecuado y puedo sentir la sangre acumularse en mis senos y en mi vientre. Si no fuera por la pedrería que lo cubre, mis pezones se insinuarían empujando por debajo de su tela.

–¡Carajo! ¡Estás cañón! ¿Tenemos tiempo para uno rapidito?

–No seas bruta. Es un vestido precioso y muy elegante.

–¿Quién habla del vestido? Yo hablo de ti.

–¿Ahora te van las mujeres? ¿Lo sabe tu marido?

–Si están tan buenas como tú, me van hasta las tortugas.

–Anda, déjate de tonterías y vámonos.

–Lo que tú digas, princesa.

Y, naturalmente, me soba el culo al pasar.

V

¿Qué hago aquí? Vestido como un camarero y con dos míseras fichas que representan todos mis ahorros y que me dan para jugar treinta segundos. Y ella no ha venido. Solo puedo pasearme entre las mesas y esperar que no venga un matón a echarme a puntapiés por ensuciar la moqueta del casino con mis zapatos de suela de goma.

Sí ha venido. Ahí está. Aún no me ha visto, pero toda la sala la ha visto a ella. Si se llevara un cigarrillo a los labios, mil hombres acudirían corriendo a encendérselo. Y otras tantas mujeres. Y yo me quedaría aquí, mirándola, como siempre. Observándola en la distancia. Aunque la tenga a unos centímetros de mí en nuestro ascensor, ella siempre está lejos. En otra galaxia. En un universo paralelo en el que los hombres como yo somos mozos que llevamos su equipaje, atendemos sus órdenes y velamos sus sueños.

Se acerca a una mesa. Parece interesada, pero no. Ella y su amiga cuchichean algo y siguen caminando. Se dirigen a otra en la que deciden quedarse. Un pisaverde se levanta y le cede su sitio. Para su amiga no hay nada. Se queda detrás de ella y masajea sus hombros. Una mujer de ciento cincuenta años que está sentada a su lado les dirige una mirada de desaprobación, agarra al fósil que la acompaña y ambos se van en busca de una mesa más decente, pero acaban saliendo de la sala. Ahora quedan dos huecos. Uno para su amiga y otro para mí. Aunque la carabina se ponga en medio será mi mejor oportunidad.

VI

–Vamos a tener que quedarnos de pie.

–¿Estás loca? ¿Tú te has visto? Nadie deja de pie a una diosa.

–La loca eres tú. Y yo diría que esta noche además vas algo lanzada.

–No lo sabes tú bien.

–Solo espero que no me avergüences. Recuerda que tengo una reputación.

–Cierto. La tienes. Malísima, pero la tienes.

–¿Nos quedamos en esta mesa?

–Nada de eso. Desde aquí no se nos ve. Mira esa otra. Allí hay un asiento con tu nombre.

–Pero si está llena.

–Tú sígueme. Con un poco de suerte nos sentamos las dos.

Y me arrastra siguiendo la pista de agua de colonia dejada por un individuo que nada más verme se levanta y me cede el asiento. El aspirante a dandi aspira también a colocarse a mi espalda, pero mi amiga se interpone y comienza a acariciarme los hombros. El vello de mis brazos se eriza y una venerable señora nos mira como si pudiera condenarnos a la hoguera. Le dice a su pareja “¡Bolleras! Vámonos” y se lo lleva a rastras. El pobre hombre nos mira como implorándonos un trío. Pero la vieja, que parece tener la fuerza de un huracán, lo saca de la mesa, de la sala y del casino sin que él pueda hacer nada para evitarlo.

Finalmente, tenemos sitio para las dos. Y aún queda otro para que un auténtico caballero nos invite a una bebida espirituosa.

–A ver si tenemos suerte y nos convidan a una bebida espirituosa.

–¿A qué?

–A un vodka con naranja. ¿Tú no habías ido a un colegio para señoritas?

–¿Y tú crees que allí nos daban bebidas espirituosas? Allí, todo lo más, venía a visitarnos el espíritu santo en forma de cura salido y besucón.

–¡Qué dinero malgastado el de tus padres al educarte!

–¿Alguna queja de mi educación?

–Que no sabes lo que es una bebida espirituosa.

–Tranquila cariño. Eso lo aprendo esta noche con mi novia.

–Tú dale. Al final conseguirás que nos echen.

–Sí, sí. Y a lo mejor antes de lo que tú crees. No te vuelvas ahora, pero te vas a llevar una sorpresa.

-¿Qué…?

Y no es necesario que me diga nada. Mi vecino se acerca hasta nuestra mesa. Nos saluda con una especie de reverencia ridícula y se sienta al lado de mi amiga. Renuncio a la bebida espirituosa. Hago ademán de levantarme, pero un brazo poderoso, el de mi amiga, me obliga a quedarme sentada.

–Espérate. No seas grosera. ¿En tu colegio no te enseñaron a no decir que no hasta que te hagan la oferta?

–En mi colegio me enseñaron que huir no siempre es de cobardes. Creo que lo llamaban “una retirada a tiempo, es una victoria”.

–No seas boba. Échale un vistazo al género antes de preguntar el precio. Y si no te convence, no compres.

–¿Que vería yo en ti para entregarte mi cuerpo y mi alma?

–Refréscame la memoria ¿cuando me has entregado tu cuerpo?

–¿Recuerdas el día en que te entregué mi alma? Pues una semana después.

–No me cambies de tema. Si ese cuerpo no ha de ser mío, por lo menos que sea del vecino. Que no está nada mal. ¿Te has fijado en su bronceado?

–Sí. Eso es cierto. Tiene el color de piel de un rentista. Pero los zapatos son de pensionista. Y el caso es que ese color de piel…

–¿Qué? ¿Qué le pasa a ese color de piel? Te pone ¿no?

–No. No es eso. Parece que quiere recordarme a alguien.

–¿A alguien que nos va a invitar a una bebida espiritual?

–Espirituosa ¿Qué espiritual? ¡Espirituosa! No sé cómo se me ha ocurrido traerte. Debí dejarte en la residencia con ese celador que te gusta tanto!

–¡Ay, sí! ¡Mi celador!

–Calla ya, que nos van oír y se van a enterar de que no somos lesbianas.

–Habla por ti, cariño. Yo esta noche estoy abierta a todo. Especialmente ahí abajo.

–La boca cerrada o te devuelvo a la residencia.

VII

¿Qué hago aquí? No hay forma de acercarme a ella. Su amiga siempre entre nosotros. Como en el ascensor o como cuando siendo niños una corte de seguidoras no la dejaba nunca sola. ¿Habría sido mejor mi suerte de haber tenido entonces una segunda oportunidad? Hay noches en las que el recuerdo de aquel beso no me deja dormir. No se puede decir que fuera satisfactorio. Pero en aquel tiempo nosotros no podíamos saberlo. O tal vez ella sí y por eso nunca quiso repetirlo.

Después de aquel tanteo, pasaron los días sin que pudiéramos estar a solas, hablar, cogernos de la mano. He besado a otras mujeres después, pero creo que aquella falta de intimidad con ella me marcó y me impidió sentir auténtica afectividad con otras parejas. Una de ellas me dijo un día que yo era un tullido emocional. No creo que haya mejor descripción para mí.

Después, como suele suceder, la vida nos separó y no volvió a reunirnos hasta hace unos meses, cuando me fui a vivir a su edificio. Yo la reconocí inmediatamente. Ella no lo hizo. O tal vez sí y finge que no. ¿Cómo saberlo? Si se lo preguntara, podría seguir con el disimulo. De todas formas, qué importa ya. Nunca será mía.

¿Qué hago aquí? Solo me queda una salida más o menos airosa. Usaré estas dos fichas mezquinas y volveré a casa.

Dieciséis de abril. Ese fue el día en que me besó. Toda mi mi fortuna al dieciséis.

VIII

No estoy tranquila. La presencia de mi vecino me atemoriza más que me molesta. No puede ser casualidad que esté aquí. Ha oído a la cotorra de mi amiga hacer planes y se ha presentado. ¿Qué quiere? Parece inofensivo, pero ¿no son los aparentemente inofensivos los más peligrosos? Por otro lado, me resulta familiar. Tal vez lo llevo viendo tiempo sin reparar en él. Quizá me haya estado siguiendo, vigilando sin que yo me diera cuenta. Y sin embargo, su imagen ha quedado grabada en mi subconsciente. O tal vez, me he acostumbrado a verlo en el ascensor y me parece como si nos conociéramos de toda la vida.

Tengo que sacarlo de mi mente. Estoy en un casino. Se espera que apueste. Voy a hacerlo al día de mi cumpleaños: dieciséis de abril. ¿Qué es esto? Él apuesta al dieciséis. ¿Me ha investigado? ¿Cómo sabe la fecha de mi cumpleaños? ¡Qué estupidez! ¿Por qué tendría que ser esa fecha? Puede que él haya nacido un dieciséis de enero. O su madre. O su perro. ¿Qué día es hoy? ¿Dieciséis? Es veintiocho. Da igual. Hay muchas razones para que alguien apueste al dieciséis. La ruleta tiene treinta y dos números. La mitad es dieciséis. Espera. No. La ruleta tiene treinta y seis números. ¿por qué ha apostado al dieciséis? ¡Otra vez! ¡Qué manía! No importa, jugaré al 4, por abril. ¿Cuánto vale esta ficha roja? ¡Qué más da! Una roja al cuatro.

IX

He ganado. No es que me haya hecho millonario, pero he ganado. Quizá ella sienta curiosidad. La miro, pero no me responde. Como siempre. Como nunca. ¿Qué hago aquí? Lo mejor será que me vaya. Lo apostaré todo al cuatro y me iré.

X

Ha ganado. Debería haber hecho caso de mi intuición y jugar al dieciséis. Lo haré ahora. ¡No puede ser! Él apuesta al cuatro. Lo sabe. Es por mi cumpleaños. ¿Qué otro motivo podría tener? Y me está enviando un mensaje. ¿Qué sabe de mí? Estoy aterrada. Si me voy ¿me seguirá? Si me quedo ¿hasta cuándo seguirá jugando conmigo? Y cuando se aburra de este juego ¿qué pasará? Una gota de sudor desciende por mi espalda desnuda. Mi amiga la ve y usa una servilleta para secarla. Me mira y parece notar el terror en mis ojos.

–¿Estás bien?

–No.

–¿Qué pasa? ¿Quieres que nos vayamos?

–No. Quedémonos un poco más.

–Pero…

–Hazme caso, por favor. Y no me preguntes. Luego te lo contaré.

No me pregunta, pero ladea la cabeza hacia mi vecino como diciéndome “Es por él ¿no?”. Yo inclinó la mía contestándole que sí. Ella agarra fuerte mi mano y me siento un poco mejor. Me lo juego todo al ocho. No sé por qué.

XI

Vuelvo a ganar. Ante mí empieza a acumularse una cantidad importante de dinero. ¿Será cierto que así es más fácil conquistar a una mujer? La miro y le sonrío. Ella sonríe también. Pero ya no me parece una sonrisa amable. Algo ha cambiado. Parece presa del pánico. Su gesto es nervioso. ¿Será porque estoy ganando? Esto no está saliendo como yo esperaba.

XII

No para de ganar. Y cada vez que lo hace, me mira y sonríe dulcemente. Me siento como una mosca atrapada en un tarro de miel. Cada ficha que cae de su lado hace que aumente mi temor.

–Vámonos, por favor. Ahora te lo cuento todo. Pero salgamos de aquí cuanto antes.

–Claro, cariño. ¡Que le den a ese muermo! Tú y yo vamos a tomarnos unas bebidas espirituosas por ahí.

–No. Nada de eso. Vámonos a casa ¿Puedo dormir en la tuya?

–¡Uy sí! A mi marido le hará muchísima ilusión.

–Perdona. No quiero molestaros. Mejor me voy a la mía.

–¿Pero qué dices, tonta? Si lo digo en serio. Él está loquito por ti. Y cuando te vea aparecer con ese vestido… Esta noche por fin vamos a consumar nuestro matrimonio. Y será gracias a ti.

–¡Mira que eres bruta!

Pero me hace reír. No sé si es lo que necesito, pero, al menos, se me pasa algo el miedo que siento.

XIII

¡Se va! Nada ha salido como quería. Ella nunca sabrá que es el amor de mi vida. Nunca sabrá nada de las noches que me pasé en vela escribiendo cartas y poemas que nunca le envié.

Este dinero que he ganado y que podría haber servido para tener una buena vida juntos ahora me quema en las manos. Necesito deshacerme de él. Una última apuesta y todo habrá terminado.

La decisión está tomada. Todo acaba esta noche. Si este amor es imposible, que así sea.

XIV

Estoy agotada. Llevamos horas hablando, intentando tranquilizarme. Y la verdad es que lo han conseguido. Visto con serenidad, todo ha sido un cúmulo de casualidades. Es posible que mi vecino escuchara nuestra conversación sobre ir al casino esa noche y pensara que era una buena idea, que a él también le gustaría probar. También es normal que se acercara a nuestra mesa. Probablemente, solo nos conocía a mi amiga y a mí. ¿Por qué no debería sentarse con nosotras? En cuanto a los números, hay tantos motivos para elegir esos en concreto que sería absurdo pensar que su elección ha tenido algo que ver conmigo.

Estoy segura de que el lunes me volveré a cruzar con él en el ascensor y todo será como siempre. Cierro los ojos y poco a poco me va llegando el sueño. Claro que el lorazepam que he tomado ayuda bastante. Tanto que sigo dormida incluso cuando, unos minutos después, una mano enguantada aprisiona mi garganta y me impide respirar.

XV

No he dejado de ganar en toda la noche. Al final, cuando llevaba algo más de un millón de beneficio, el crupier me ha insinuado que, por mi bien, sería mejor que lo dejara y me fuera a casa. ¿Mejor? ¿Mejor para qué? ¿Para quién? En realidad, nada podría ir peor. Tampoco mejor. La suerte está echada. El cheque que me dan en la recepción por el monto de mis ganancias no enjuga mi pérdida. No cambia mi decisión de poner fin a esta historia. El dinero no me ha ayudado. Tendría que haberlo imaginado. ¿Cómo pude pensar que eso serviría para conquistarla? Y, si así hubiera sido ¿habría merecido la pena? ¿Tan barato es su amor? En realidad, para mí no hay nada más caro.

Por eso, esta noche será la última. Por la mañana ya ni el recuerdo de lo que fue, ni la duda de lo que pudo ser, serán reales en la vida de ninguno de nosotros. Cae el telón de esta mediocre tragedia.

XVI

¡Qué mala noche he pasado! Al poco de quedarme dormida, soñé que mi vecino me estrangulaba y, al hacerlo, veía su cara claramente. Pero no era su rostro actual, sino el del niño que fue. Y por fin lo he reconocido. Éramos amigos. Yo estaba enamorada de él. Llegamos a besarnos. Bueno, en realidad, yo casi lo obligué. Y fue espantoso. Solo juntamos nuestros labios y apretamos. Nada más. Pero a mí me gustó. A él, en cambio, debió parecerle horrible. En ese momento, yo no sabía que se pudiera hacer otra cosa. Pero él sí debía saberlo y por eso no quiso nada más de mí. Dejó de dirigirme la palabra y a las pocas semanas desapareció y no volví a verlo. El negro. Así lo llamábamos. No recuerdo su nombre. Quizá nunca lo supe. A decir verdad, todavía no lo sé –tendré que mirarlo en el buzón–. Pero, al menos, ahora entiendo el porqué de su forma de mirarme. No buscaba nada, solo que lo reconociera. Todo esto ha sido una estupidez. Hoy es sábado. No nos encontraremos en el ascensor camino del trabajo. Voy a acercarme a su casa a saludarlo y a decirle que ya sé quien es. Seguro que podremos reírnos de todo esto. No me parece que sea mala persona. Ni rencorosa.

Llamo, pero no contesta nadie. Y está entreabierto. Quizá haya salido a hacer algo urgente y esté a punto de volver. Me siento un poco tonta esperando en el rellano. Y tampoco quiero marcharme a casa y volver más tarde. Si entro y dejo completamente abierta la puerta, me verá en el salón antes de entrar y no se asustará. Seguro que lo entiende.

Me extraña que estén todas las luces de la casa encendidas. Son más de las once de la mañana. El sol de este otoño que se acaba penetra por todas las ventanas e inunda la casa de luz. La artificial no es necesaria. De modo que las voy apagando a mi paso. Espero que no le moleste.

El terror vuelve a apoderarse de mí al entrar en el cuarto de baño. Me quedo petrificada. En la bañera, un velo de agua rojiza cubre el cuerpo de mi vecino, “el negro”. Aunque está sumergida, en su muñeca izquierda se ve un corte profundo por el que apenas sigue saliendo un hilo de sangre. Contengo un grito y me acerco a él, lo zarandeo, intento reanimarlo. Lo llamo por su nombre. Es inútil, debe estar prácticamente muerto. Corro a buscar mi móvil para llamar a una ambulancia. Casi me resbalo con un trozo de papel en el suelo. Es un cheque a su nombre por algo más de un millón. Deben ser sus ganancias en el casino la noche anterior. ¿Cómo puede suicidarse alguien que ha ganado un millón?

XVII

A lo lejos, oigo una voz. Alguien dice mi nombre. Me pide que despierte. Parece… Es ella. Es… Es el fin.

© J. Ignacio Sendón. 24 de noviembre de 2020

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