El extranjero puso pie a tierra. Su viaje había durado evos y no estaba preparado para lo que se encontró. La ciudad parecía muerta. Tan solo alguna paloma paseaba por el asfalto ajena a la irrealidad de calles vacías, semáforos funcionando sin tráfico, silencio solo roto por el viento y la lluvia.

Al extranjero le vino a la mente el recuerdo de una fiesta sorpresa de cumpleaños. Se imaginó que, de pronto, saldrían de las casas sus habitantes en tropel para darle la bienvenida. Que caería confeti y serpentinas del cielo, que sonaría la música, que saldría el sol. Pero no fue así y el extranjero no se sintió capaz de imaginar qué podría haber ocurrido con una ciudad que, según sabía, había sido ruidosa y llena de vida.

Súbitamente, como si la fiesta comenzara justo en ese instante, las calles se llenaron de aplausos. Al extranjero le costó entender lo que estaba ocurriendo. Seguía sin haber gente en la calle. Sin embargo, levantó la vista y lo vio. Todas las ventanas, terrazas y balcones se llenaron de personas aplaudiendo. No por él, resultaba evidente, nadie pareció darse cuenta de su presencia. Se miraron los unos a los otros y sonrieron. Se sintió incapaz de imaginar el motivo.

Pero, entre los aplausos, escuchó otro sonido. Desde un portal, una niña lo llamó: “¡Oye!” “¡Oye!” Y cuando él por fin la miró, ella le pidió con gestos que se acercara. Él obedeció y cuando llegó a su lado, ella le tendió una manita y lo obligó a entrar en el portal.

– No puedes estar en la calle. ¿No tienes casa?

El extranjero negó con la cabeza y la niña volvió a tirar de él.

– ¿Dónde me llevas? –Le dijo.

_ ¿No me has oído? No puedes estar en la calle. Y si no tienes casa, tendrás que estar en algún sitio.

– ¿Dónde?

– ¿Dónde va a ser? En mi casa. Con nosotros.

El extranjero no imaginó quiénes serían ese “nosotros”, pero la niña no le dio más opción que acompañarla. Así que, olvidadas todas las normas de seguridad que le habían enseñado, siguió a la niña.

Pasaron los días, las semanas. El extranjero salió cada tarde al balcón de la casa de la niña, de su casa, a aplaudir. Le explicaron y entendió. Aprendió a llorar por los muertos, a reírse con las bromas que le contaron, a ser paciente, a contentarse con poco, a confiar, a depender de sus vecinos y a que ellos dependieran de él.

Y, cuando todo pasó, nunca más volvió a ser el extranjero.

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