Refugiado en su guarida, un ático con vistas a Central Park, el último hombre vivo observaba el desfile de extrañas especies que poblaban lo que hasta ayer fueron sus dominios. Ejecutivo de un fondo de inversiones la semana pasada, hoy contemplaba, sin poder evitarlo, como un buitre tomaba posesión de su desvencijado Lexus y construía en sus asientos de cuero su propio nido. Esta metáfora de su vida pasada no le hacía ninguna gracia. Aunque ya no quedara combustible ni sitios a los que ir, su coche seguía siendo una de sus posesiones más valoradas. Y el hecho de que las explosiones, los seísmos, los tumultos, y el pillaje lo hubieran reducido a poco más que un amasijo de metal, plástico y cuero no lo consolaba en absoluto.

-“¡Maldito buitre carroñero!”-, pensó, sin acordarse de que, en las clases de Biología de secundaria, miss Walker le había explicado que decir “buitre carroñero” constituye una redundancia, ya que todos los buitres lo son por su propia naturaleza.

Resignado ante lo ineludible del destino, en lo que se refería a su coche al menos, trató de hacer una evaluación de su coyuntura. No se podía decir que el fin del mundo lo hubiera pillado por sorpresa. A lo largos de los años, la idea de la más que probable extinción se había convertido en un lugar común, un tópico en cualquier conversación. Algo así como hablar del tiempo con un vecino al que apenas conocemos al encontrárnoslo en un ascensor. Solo que ya no era el tiempo, sino el clima. Y la amenaza nuclear. Y las hambrunas. Y las nuevas enfermedades. Y la superpoblación. Y las sucesivas crisis económicas. Los grandes líderes mundiales llevaban meses preparando, y ejecutando, su propio traslado a búnkeres perfectamente dotados para enfrentarse a cualquier contingencia, salvo aquella que finalmente ocurrió. El planeta entero estornudó y la convulsión, en forma de terremotos,  movimiento de placas, erupción de volcanes y otras catástrofes que ni siquiera estaban catalogadas, arrasó, en primer lugar, todas las construcciones subterráneas y, segundos después, todo lo demás. Y con las construcciones, se llevó por delante la vida de los seres humanos que las habitaban, sin importar que se encontraran dentro o fuera de ellas. Los búnkeres se convirtieron en sarcófagos para los que, hasta unas horas antes, habían tomado las decisiones que condujeron a la gran tragedia.

La sorpresa, lo verdaderamente inconcebible, es que él se hubiera salvado. No tenía ninguna habilidad especial que hubiera podido resultarle útil en esa situación. No era fuerte, ni astuto. No tenía ni idea de cómo sobrevivir en condiciones extremas. Ni siquiera en las difíciles o adversas. Hasta el mismo día del desastre, si necesitaba algo, se lo pedía a su secretaría. No conocía la ubicación de la bodega en el que ella le compraba la ginebra y las tónicas premium. No tenía grabado el teléfono de los restaurantes en los que ella le reservaba sus cenas de negocios o de placer. No sabía de dónde salían las camisas limpias y los trajes planchados que ella le llevaba a casa. Tampoco es que eso pudiera salvarlo en esta situación, pero, al menos, le habrían dado la iniciativa, la capacidad de sobreponerse. En lugar de eso, miraba por la ventana de su ático.

La última mujer viva, buscaba la forma de seguir estándolo. Acostumbrada a sobrevivir en un mundo hostil, no estaba dispuesta a rendirse ahora, por negro que pintaran sus circunstancias. Buscaba también otros supervivientes. Elegidos, como ella, para prorrogar un rato más la estancia de la especie humana sobre el planeta. Tenaz y decidida, se resistía a pensar que la humanidad entera hubiera desaparecido por la estupidez de los que todo lo negaban cuando aún quedaba tiempo para evitar la tragedia. Y esa obstinación la había llevado hasta Central Park. Allí encontraría agua y, seguramente, algo que comer. Supuso que otros podrían haber tenido su misma intuición, de modo que, además de lo más básico para sobrevivir un tiempo, quizá podría encontrar lo necesario para perdurar en el tiempo. Para trascender.

Buscó y buscó. Pero lo único que encontró fue ardillas, caballos, perros y varias especies de pájaros. Nada que pudiera llevarse a la boca. Al menos de momento. No obstante, si fuera necesario, urdiría un plan de caza que le permitiera, como había hecho desde siempre la humanidad, aprovecharse del resto de especies en su propio beneficio. Pero ahora le preocupaba más no haberse cruzado con ningún miembro de la suya propia. Pensaba que la desconfianza podría mantener a sus congéneres escondidos. Por eso, decidió enfrentarse a los miedos de quien la estuviera observando transitando, lo más posible, espacios abiertos donde cualquiera que estuviera oculto la pudiera ver.

Y la vio él. Al principio no le extrañó y no reaccionó. Después de todo, no era más que una mujer; una de tantas que se cruzaban en su camino cada día sin que les prestara la menor atención. Sin embargo, esta era algo menos invisible y también algo más familiar. La última mujer viva que ahora se acercaba al edificio del último hombre vivo era la secretaria de este. Su factótum, su única conexión con el mundo real.

Cuando la reconoció, quiso llamar su atención, reunirse con ella. Después de todo, aún podría necesitarla. Ella parecía tener siempre la respuesta a todas su preguntas, la solución a todos los problemas, la ropa limpia, el gin tonic preparado. Pero una idea lo detuvo. Él siempre había tenido miedo al compromiso. Era demasiado joven para atarse. ¡Había tantas cosas que quería hacer! Formar una familia no estaba entre ellas. Y seguro que su secretaria (ni siquiera recordaba su nombre) querría tener un hijo enseguida. Y después de eso, querría más hijos. Repoblar el planeta. Él no estaba preparado para tamaña empresa. Tampoco para verla a ella todos los días, a todas la horas. Él era un hombre libre. Un ave rapaz sin dueña ni señora. Y no tenía planeado dejar de serlo. Así es que, retrocedió un paso. No quería que ella lo viera. Sería mejor permanecer oculto mientras su subordinada vagaba por los alrededores. Seguro que tendría una casa a la que ir. En Brooklyn o en Queens. Cuando ella se marchara, él volvería a mirar por la ventana. Quizá, hasta podría darse un paseo por las calles de Manhattan.

Y así, de esa manera tan estúpida, firmó la humanidad su extinción una tarde de finales de octubre. El sol, naranja y abrasador, se escondió tras el horizonte. Y la noche duró para siempre.

© J. Ignacio Sendón. Madrid, 26 de diciembre de 2019

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