Me llega, por tres caminos diferentes, un artículo, titulado “Educar en el encierro”,  publicado, el 31 de marzo pasado, en el diario La Rioja.

La primera vez que lo leí, la música me sonó bien. Párrafos como los que dicen:

Una clase es mucho más que contenidos y procedimientos. Una clase es un ejercicio de creación, de improvisación, en donde las emociones, la expresividad, el contacto, la sorpresa, el humor y los sentimientos se ponen en juego para dar algo mucho más allá que una mera transmisión de contenidos.

Debemos pensar mucho menos en los ignorantes que llevan años intentando desacreditar nuestra profesión ante la opinión pública y mucho más en nuestros alumnos. Debemos pensar mucho menos en las programaciones y bastante más en lo que necesitan las personas que se sientan ante nosotros todos los días.

Coinciden plenamente con lo que yo llevo años defendiendo ante mis compañeros, nuestros alumnos y sus padres. Sin embargo, pasado el entusiasmo inicial, y tras una segunda lectura encuentro otros que me llaman la atención, no por mi adhesión, sino por mi disenso.

Por ejemplo:

Me cuenta [la madre de una de mis mejores alumnas] que ya tiene cinco plataformas de internet distintas en las que enredar para preparar la tarea diaria de su hija.

Es anecdótico, pero ¿la madre debe preparar la tarea diaria de su hija? ¿Le ha explicado este profesor a la madre de una de sus mejores alumnas que esta debe ser autónoma y que la sobreprotección la perjudicará, mucho más que tener que enredar en cinco plataformas distintas?

No sé si será el caso de esta familia, pero muchas familias españolas están abonadas a diferentes plataformas televisivas, de juegos online, de música en streaming,.. ¿Tan complicado sería conectarse a cinco plataformas distintas de educación virtual? ¿De verdad son cinco?

Puede que las nuevas tecnologías sean la repanocha, seguramente son herramientas maravillosas con las que se puede aprender mucho, pero hoy por hoy están muy lejos de sustituir lo que es una clase presencial, especialmente con niños y adolescentes.

Pero, el caso es que hoy por hoy no podemos elegir. Nadie ha pedido que se sustituyan las clases presenciales por las virtuales. No nos ha quedado más remedio. Por supuesto que, cuando todo esto pase, será muchísimo mejor volver a las clases presenciales, pero, ahora mismo, no podemos. ¿Qué hacemos? ¿Dejamos que se pierda el contacto con los alumnos hasta septiembre? No podemos ver a nuestros amigos. Nadie, en su sano juicio, duda que es mejor tomarse una cerveza con los amigos que enviarles mensajes de whatsapp preguntándoles, una y otra vez, por cómo llevan el confinamiento? Pero, esto es lo que tenemos. ¿No sería peligroso para nuestra salud mental pasarnos el día cantando las alabanzas del contacto real frente a la fría relación de las aplicaciones de mensajería? Leo en el periódico que la cantante Luz Casal llama cada tarde a personas que no conoce para hablar con ellas. Personas a las que esa conversación les alegra el día, la semana, el encierro. ¿Podríamos criticar esas llamadas porque son más frías que el cálido contacto humano de una visita puerta a puerta? El contacto real es imposible, las clases presenciales son imposibles. Usemos lo que tenemos a nuestro alcance. Aunque eso signifique hablar por whtsapp, telegram facebook, tweeter o instagram? ¡Vaya! ¡Cinco redes sociales! ¿Con cuántas enredarán nuestros alumnos?

Por eso hay tanta gente empeñada en pensar que esto puede hacerlo cualquiera o que los profesores pueden ser sustituidos por pantallitas poque… ;total, cómo no trabajan nada!

¿Pantallitas? Parece que este profesor no las usa. Detecto esa aversión, de algunos profesores, por las nuevas tecnologías que recuerda a la que tuvo que enfrentarse Johannes Gutenberg en el siglo XV por su diabólico invento:  la imprenta. Olvida el autor del artículo que, hoy por hoy, es imposible sustituir a los profesores por pantallitas. Básicamente, porque detrás de cada una de esas pantallitas hay un profesor que ha tenido que hacer un esfuerzo, en muchísimos casos acelerado e ímprobo, para seguir ofreciendo un servicio a sus alumnos. Porque de eso estamos hablando ¿no? De ofrecer un servicio a nuestros alumnos. El mejor servicio posible. Y ahora que no tenemos pizarra, tiza, papel y bolígrafo, no nos queda otra que recurrir a las pantallitas.

Pero es que hace muchísimo tiempo que debimos recurrir a ellas. Vivimos en un mundo digital. Un mundo que no es maravilloso. Con brechas sociales, económicas, de género y ahora también digitales, pero ¿cuál sería el consejo que debiéramos darle a nuestros alumnos? ¿Que se queden atrás? ¿Es lo que debemos hacer los profesores que aprendimos con clases de tiza y pizarra, tomando apuntes en papel y con bolígrafo en aulas sin ordenadores, ni proyectores, ni moodle, ni videoconferencias? ¿Quedarnos atrás? Mi opinión es que debemos darle herramientas para defenderse en ese mundo digital. No ahora. Debimos comenzar a dárselas hace mucho tiempo. No encerrándonos en casa y dándoles clase con Google hangouts, Jitsi, Zoom, Webex o GoToMeerting, claro, pero sí enseñándoles a usar esas plataformas por lo que pueda depararles el futuro. Así, ahora que no nos queda más remedio  que usarlas, no se sentirían tan analfabetos digitales como se sienten muchos profesores que han despreciado la Competencia Digital porque no era cosa suya. Si algo nos debe enseñar este encierro es que la Competencia Digital es cosa de todos los profesionales de la enseñanza. Y no solo de los de Informática. Lo mismo que la Competencia  Lingüística no es solo cosa de los profesores de «letras».

Así, ante una situación de emergencia, impulsados por unas autoridades que deben creerse eso de que están al frente de una panda de vagos (…) nos hemos puesto manos a la obra como autómatas. Todos a discutir y a competir por ver quién tiene la aplicación más eficiente, con mayor capacidad de carga, educación online, conferencias virtuales, diseñadores de tareas.

¿O podría ser que nos hemos puesto, como los médicos, los transportistas, los empleados de supermercados, los farmacéuticos, los periodistas, los policías, los enfermeros, los bomberos… a ver cómo podemos dar el mejor servicio? Soy de los que ha probado todo tipo de aplicaciones de vídeoconferencia para encontrar la mejor. ¿Para qué? ¿Para que me premien con el pupitre de oro? No. Lo hago para que el contacto con mis alumnos, que trato de que sea tan cercano como sea posible, sea, además, de calidad. Que si un alumno me está contando una dificultad que está teniendo con mi asignatura, o incluso con el confinamiento, no se le corte el sonido o la imagen. Para verlos sonreír, el mayor premio que pueda yo recibir. Para que ellos me vean sonreír por la alegría que me da ver sus caras. Aunque sea a través de una pantallita.

Una de ellas es que no hay aplicación. ni pantalla, ni programa que pueda competir con la sensación de estar frente a un grupo de alumnos todos las días y ver sus caras cuando realmente han aprendido algo, han llegado al conocimiento por si mismos o han acertado en una decisión fruto de su propia reflexión.

No. No la hay. Pero, como dice el refrán castellano, a falta de pan, buenas son tortas. Podemos quedarnos en casa quejándonos de la falta de contacto con los alumnos, o tomar lo que la tecnología nos da para mantener un contacto que no es pan, pero sí tortas. Y quizá comprobemos que podemos seguir observando cómo «han aprendido algo, han llegado al conocimiento por sí mismos o han acertado en una decisión fruto de su propia reflexión».

Quizá a enredar con cinco plataformas distintas y salir airosos del enredo.

© J. Ignacio Sendón. Profesor de Física y Química y jefe de estudios en el IES Jorge Juan de Alicante.