Junio. 23. Nueve de la noche. Como si quisiera tomarse la revancha, un sol moribundo incendia el cielo antes de morir y lo tiñe de rojo anaranjado mientras se va perdiendo bajo el horizonte. Sobre una colina, las tropas de Amílcar Barca esperan a las puertas de Sicilia la orden de atacar.

Mientras tanto, en una playa lejana, el aire se carga de olor a jazmín, los niños juegan a ganar una imaginaria batalla y corren sudorosos por la arena desoyendo la llamada de sus madres a cenar.

Nueva y media. Napoleón Bonaparte pasea entre sus soldados dormidos. Como antes de cada batalla, se prepara para lo peor. La mañana le puede traer la gloria, pero esta le hará pagar un alto precio y muchos de los hombres que ahora descansan, al día siguiente lo harán para siempre.

En esa misma playa, una niña enamorada observa las olas ir y venir e imagina que bailan para ella un vals que la mece en los brazos de su amado.

Once de la noche. En su despacho en el Ministerio de Defensa Moshé Dayán recibe la noticia de los ataques árabes durante las celebraciones del Yom Kipur. En ese momento ignora que su propio hijo será una de las víctimas de la contienda.

La noche se va llenando de ruido, agua y fuego. La música, que nadie sabe de dónde sale, deja de escucharse ahogada por el ruido de los petardos. La brisa marina es pesada y caliente y el bochorno de la primera noche de verano engrasa las pieles de los que esperan a que llegue la hora del fuego.

Doce de la noche. Amílcar Barca, Napoleón, Moshé Dayán, pero también Julio César, Escipión, Wellington, Grant o MacArthur sienten que la tierra se mueve bajo sus pies. Se miran sin comprender y sin comprender se diluyen en la nada.

Mientras tanto, en una playa muy lejana, la niña enamorada arroja al fuego su libro y sus apuntes de Historia Universal y pide un deseo simple como el agua y el fuego: Nunca más otra guerra.

© J. Ignacio Sendón. Alicante, 28 de mayo de 2019

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